Oda al vino y al placer de la soledad

Hace años los domingos por la tarde eran una peregrinación. Subir a la cima de la soledad me resultaba un castigo. Ahora la soledad ha pasado a ser un plan deseado. Ya no es estar sola, es estar conmigo.

Una copa de Monte Real, aquellos quesos que estremecen y un libro en el que sumergirme. El sol entrando suave. Tus propias inquietudes. Dejarte llevar. Sentir los detalles, estirar el tiempo. El aroma de las barricas de roble en la copa, la frutas rojas y toda esa sedosidad en boca. Leer con calma. Vivir ahora. Estar sola contigo. Solo conmigo.

Abrir una botella de tinto o un blanco brillante y refrescante en la cocina mientras abro un paté de pato e higos, los picos crujientes, unos boquerones ahumados o aquella tapa de carne hilada que me sobró con una salsita de ciruelas.

No es comer o beber, es vivir. No el trámite de descorchar o cocinar, es toda la historia que lleva como una capa anclada a la botella, de dónde viene, cómo se hizo, un paseo por la Rioja Alta. Todos esos puestos del mercado. Las manos que recogieron la vid y las que pescaron este delicioso bocado azul que hoy me llevo a la boca.

Lo tengo claro. Comer es mucho más que comer.





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